El peor Presidente en el peor momento

Nos explica Sergio Negrete por qué, lamentablemente, estamos en el peor escenario posible, se conjuga el momento más complicado con el peor líder para poderlo afrontar.

Por Sergio Negrete Cárdenas

Un inepto en una crisis, un mesiánico que cree que puede domar a un virus, ambos combinados con un soberbio que considera que puede anunciar millones de empleos por decreto. No es que Andrés Manuel López Obrador sea corto de miras, es que vive en una realidad alterna. Es la antítesis del estadista.

No se esperaba mucho del tabasqueño, el príncipe de la respuesta rápida, sencilla y equivocada durante el mitin en la plaza pública. Pero generalmente el tránsito a Palacio Nacional planta los pies en la tierra del candidato más soñador. La triste verdad es que AMLO destaca por esa personalidad singular que es impermeable a la realidad, una de esas maderas que nunca agarran el barniz.

¿Qué se colapsa el precio del petróleo? Ningún problema: si dejamos de exportar crudo e importar gasolina, ese precio se vuelve irrelevante; entonces, a producir y refinar lo más posible, aunque perdamos dinero a carretadas haciéndolo. ¿Que el PIB se va a contraer en niveles no vistos en décadas? Tan sencillo: dejemos de usar ese indicador neoliberal, y optemos por medir la felicidad del pueblo. ¿Una pandemia? Traigo unos amuletos que me protegen.

En otras palabras, la constante de la campaña se mantiene inalterada: las respuestas siguen siendo rápidas, sencillas y equivocadas. Al peor Presidente imaginable se agregaron circunstancias negativas sin precedentes. De la misma forma que el PIB, AMLO trató de desaparecer el COVID-19: si no hago pruebas, seguimiento de casos y evito registrar a los infectados o fallecidos por el coronavirus, entonces no hay de qué preocuparse.

El resultado es el peor de los dos mundos: el Presidente improvisó como suele, y llevó al hundimiento de la economía y la explosión de la pandemia. Se acumularon millones sin empleo e ingreso al tiempo que trepaban los miles de muertos y enfermos. Ahora el país inicia una salida a ciegas e improvisada del encierro, como a ciegas se procedió en estos meses de pandemia. Puede entenderse desde el imperativo económico, dado que López Obrador rechazó ayudar a la protección de empleos, bajo la excusa de que ello ayudaba a los empresarios. El que siempre dijo que primero los pobres, es el artífice del empobrecimiento masivo. Ahora se permite, sin decirlo abiertamente, el regreso a la producción y el comercio para así reanimar a una economía moribunda.

Una frase trillada y muchas veces falsa dice que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen. En el caso de México es cierta. Las fantasías obradoristas de campaña son hoy los predecibles fracasos. Apostar al petróleo o a los abrazos con las mafias criminales no fue una agenda secreta de gobierno, sino lo que abiertamente se ofreció. Lo que sí ha empeorado son las circunstancias externas, pero el demagogo autoritario siempre estuvo a la vista de todos.

El peor Presidente en más de un siglo (desde Victoriano Huerta) se ha topado con la peor crisis económica y sanitaria en casi un siglo (desde la Gran Depresión). Obrador, el soberbio que cree encabezar una transformación de la vida nacional, pasará a los libros de historia como un capítulo negro en materia política (retroceso de una endeble democracia), económico (empobrecimiento de millones) y social (mayor polarización y crimen, quizá con levantamientos sociales). Magro consuelo para aquellos que sobrevivan al virus, pobreza y crimen. Millones de desilusionados votaron con el intestino, algo muy alejado del cerebro, y el resultado está a la vista.


El presente artículo fue publicado originalmente en El Financiero, agradecemos al autor la autorización para compartirlo en Observatorio Ciudadano.



 

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